martes, 18 de abril de 2017

Charco fratricida

Una amiga me escribe una nota porque leyó mi novela Joaquina Centeno. Me dice que lloró con ella, igual que con la anterior, y me pregunta cuándo voy a escribir novelas que no sean tristes y también que cuándo voy a escribir novelas donde cuente las tropelías de las Farc. Por supuesto, estamos hablando de Colombia.

Me cuenta que a un socio de su hermano lo siguen extorsionando los mismos tipos a los que les paga desde hace once años, y que ella misma, hace unos días, estuvo tratando de frenar un paro contra una petrolera auspiciado por un movimiento social pero que sus dirigentes resultaron ser guerrilleros que bloquean las operaciones para extorsionar.  Me dice que la información se la suministraron los presidentes de las Junta de Acción Comunal que compiten con ellos, los instigadores, “para lograr alguna dádiva del petróleo”.

Entiendo que detrás de las palabras de mi amiga hay un mensaje: existe una guerrilla a la que no se puede perdonar. Y yo pienso que ojalá todo fuera tan simple, de simplísimo, con unos buenos y otros malos.  Todo en términos de claro y oscuro. Nada de matices.  Pero no es así.

Sé que a cientos de niños se los llevó la guerrilla de manera forzada, cientos más se fueron engañados y otros cientos ilusionados porque no había –y no existe aún– un Estado que les garantizara una vida en la que tuvieran acceso a lo elemental: salud, educación, alimentación, vivienda digna.

Sé que en él Urabá de los noventa para muchos de los jóvenes que terminaban el bachillerato su mejor opción laboral era integrar los cuerpos paramilitares que les ofrecían un salario por encima del mínimo.

No he cerrado los ojos ante un país donde la guerra, irregular, pero guerra, se ha vivido también como una oportunidad laboral –y esto incluye a los soldados profesionales–; al mismo tiempo en que muchos hicieron de la delincuencia un submundo del que no quieren salir.

Tampoco ignoro que toda esta amalgama se aderezó con el narcotráfico que hizo del dinero fácil una cultura que atraviesa nuestra sociedad en todos sus estratos.  Corrompió la sal.

Surgieron y se alimentaron de esta cultura los que siguen extorsionando y se llaman a sí mismos guerrilleros, autodefensas, representantes de los pueblos allí donde el Estado nunca ha estado y tiene poco interés en estar. Territorios vedados que –sin sorpresa de nadie – existen no solo en regiones alejadas sino en el corazón mismo de las ciudades. Son los que le piden dinero al socio de su hermano, los que quieren frenar una obra, los que delinquen, chantajean y matan, y para mejor hacerlo se atribuyen nombres y propósitos que ellos llaman nobles.

Pero ahí no termina todo. No es tan fácil,  no es tan simple. Es
mucho más complejo en un país donde los gobernantes han usufructuado el poder a su favor y se han olvidado de quiénes los llevaron allí, y para qué.
Un país donde la guerra hace parte de intereses que enriquecen y aprovechan unos pocos, mientras los muertos los ponen los demás.  

Aderezados con el narcotráfico, narcotizados con la cultura del dinero fácil, atizados con el fanatismo de los instigadores del odio, enlodados en la corrupción que impide dar pasos de animal grande para salir de la endemia que arrastramos, nos resulta más fácil, eso sí resulta fácil, cultivar resentimientos que encontrar salidas.


Atados a la barbarie, esa que unos pocos –pero que disponen de altavoces– quieren prolongar, parecemos imposibilitados de reconocernos en lo que somos y, reconociéndonos, decidir de una vez, y ojalá para siempre, que queremos construir una sociedad nueva y lúcida, con mucha memoria que nos sirva de espejo para no seguir en el eterno charco fratricida en el que se ha convertido Colombia.

jueves, 9 de marzo de 2017

Violencias repetidas ¿saldremos de ellas?

Ayer fui a escuchar a Humberto de la Calle Lombana.  Era una invitación del consulado de Colombia en Madrid y el tema “Los desafíos y retos de la implementación de los acuerdos de La Habana”.  Quería escucharlo, pero también preguntar. Levanté varias veces la mano y me regresé con la pregunta y una respuesta a medias, entretejida de las distintas que dio a otros que sí tuvieron la oportunidad de hacerla.

Quería saber qué es lo que está haciendo de verdad el Estado colombiano, para que no se repita la historia circular de barbarie que desde hace tantas décadas nos asola. Tantas, y tan reconocidas, que el mismo De la Calle se remontó hasta la guerra de los mil días, esa que tuvimos entre los finales del diecinueve y principios del veinte, ¡y ya estamos en el veintiuno!

Mi pregunta iba ilustrada con hechos.  A mediados de la semana pasada me acosté una noche y tenía anotados 23 asesinatos de líderes campesinos, indígenas, afroamericanos, hombres y mujeres, pertenecientes a movimientos sociales.  Cuando me levanté al día siguiente ya no eran 23, eran 24. Me enteré por un tuit de Luis Almagro, secretario general de la OEA, que pedía protección para los dirigentes.

Antes de salir hacia la charla revisé prensa y comunicados. El Espectador hablaba de cuatrocientos desplazados en el Chocó en los últimos tres días y dos incursiones paramilitares, en una información actualizada pocos minutos antes. 

Imprimí dos comunicados.  Uno fechado el 22 de febrero y originado en comunidades afro e indígenas del Bajo San Juan.  Denunciaban, además del abandono de siempre, enfrentamientos entre la Armada y grupos ilegales que se repite siempre la historia en todos nuestros ríos los dejan a ellos desabastecidos de alimentos, y de agua porque las quebradas están tomadas por los grupos ilegales. Pero no solo eso. También sufren hostigamientos por parte de las fuerzas de orden público.  Lo de siempre, los pobres son culpables de felonías, ahora que no les pueden decir guerrilleros porque las Farc están en el proceso de paz.  El otro comunicado hablaba de amenazas y extorsiones a la comunidad de la Isla de los Rosarios, (¿sabía  usted que existía?) en Murindó, Antioquia, a orillas del Atrato.

Quería preguntar qué estaba haciendo el Estado colombiano, con todas sus instituciones, para garantizar que haya No repetición, porque lo que estoy viendo, desde aquí, es que se está repitiendo la historia de muerte.  De lo que De la Calle contestó, a otros, concluyo que hay un esfuerzo importante en todo lo que tiene que ver con regularizar, normalizar es el término que usan, a la guerrilla desmovilizada, pero que se nos sigue quedando media Colombia, la más desamparada, por fuera.

A quienes la prensa llama paramilitares, De la Calle llamó bandas criminales, grupos delincuenciales que están detrás de la minería ilegal y del narcotráfico, para ocupar los espacios vacíos que quedan con la desmovilización de las Farc.  Hacer la distinción me parece bien y necesario.  Paramilitar es, como su nombre lo dice, el que tiene detrás el apoyo y patrocinio de la institución militar, como sucedió en el Magdalena Medio en los ochenta. Ojalá que sea cierto y  esto ya no esté sucediendo.  Sería un avance.  Pero los asesinatos, las violaciones, los desplazamientos forzados, la apropiación de tierras y recursos, sí sigue pasando, cebados en los pobres que son los que nunca tienen protección. Y en Colombia los pobres son mayoría, porque somos uno de los países más inequitativos de América Latina. De la Calle no sólo dijo que, en este aspecto, somos comparables con Haití sino que se refirió a un estudio que revela que los niños colombianos que nacen pobres, hijos de personas en las mismas condiciones y sin educación, están condenados desde su misma cuna a repetir el ciclo inalterable de la pobreza.

Como condenados parecemos a no perdonar y a pensar sólo en nuestro ombligo.  Escuché preguntas hechas con pasión, pero también con resentimiento y con odio.  Ignorando que los acuerdos contemplan la reparación y también la aplicación de una justicia especial para la paz hubo quién interrogó cómo es posible que a los pícaros se los recompense; y también quien hizo saber un ciudadano del asfalto, sin duda– que no entendía cómo es que hay tanta preocupación por reinsertar una guerrilla mientras en las ciudades se muere a manos de la delincuencia común.  Pensé en un habitante de una ciudad costanera, al que le preguntaron si no temía la subida de los niveles que están teniendo los mares con el cambio climático.  Dijo que no, porque él vivía en un quinto piso.  ¿Quién le puede hacer entender al ciudadano del asfalto preocupado, con razón, por la inseguridad en las ciudades, que hacer la paz en los campos y generar condiciones de equidad para todos hace parte del remedio de fondo para esta enfermedad?

Tengo que decir que también preguntaron los que ven con esperanza este principio del fin, porque sólo es un principio.  Los que quieren retornar a nuestro país no ya “para pescar en los ríos por la noche”, como dijo De la Calle, citando a Dario Echandía, sino para vivir y morir en la que es su tierra porque el proceso y en eso el jefe del equipo negociador del gobierno fue realista será largo, y quizá sus logros sólo los disfruten los nietos de las actuales generaciones.

Pero para que eso suceda es necesario no persistir en la ceguera, y ver, y reconocer lo que está pasando, para actuar sobre esa realidad;  y tampoco caer en el paradigma de que la paz es solo y únicamente el desarme y reinserción de la insurgencia. 


Habrá paz real en Colombia el día en que generemos condiciones de desarrollo en todas las regiones y para todas las personas; el día en que el Estado haga presencia real con escuelas, salubridad, infraestructura, vías de comunicación, igualdad de oportunidades y  autoridad, en todo el campo colombiano; el día en que la justicia no sea solo para los de ruana; el día en que la equidad sea, además de un concepto, una realidad vívida; y el día en que todos estemos dispuestos a desarmar los corazones, porque si sigue proliferando el odio jamás tendremos paz.

viernes, 27 de enero de 2017

Siete días de maldad

¿Es descifrable el mal? … Donald Trump cumple hoy una semana en la presidencia de los Estados Unidos, siete días en los que se ha portado como un pirómano al que le dan un galón de gasolina y se divierte regándola donde más fuego pueda producir.

Suelta que Japón debería aumentar su potencia atómica para defenderse de Corea del Norte, aprueba la construcción de un muro en la frontera con México, llama al primer ministro Israelí para advertirle sobre el peligro de Irán y su supuesto antisemitismo, reafirma que trasladará la embajada de Estados Unidos a Jerusalem y defiende la tortura.

Su lenguaje no es menos incendiario que sus hechos.  Afirma que luchan contra “ratas enfermizas”, que las intenciones de algunos de sus visitantes son “diabólicas” y apela al “pueblo” y al “patriotismo” para salvarse del “desastre”.

Ciento sesenta y ocho horas suficientes para que el boletín de científicos atómicos publique que, con la llegada de este hombre al poder, el reloj del fin del mundo se adelantó treinta segundos, de manera que sólo estamos a dos minutos y medio de una explosión que acabe con la raza humana.

Intento descifrar lo que está pasando.  Leo análisis de hechos puntuales y en general observo una gran confusión.  Más allá de lo inmediato no encuentro planteamientos de escenarios futuros.  Nos queda entonces la historia para saber a qué podemos atenernos, la filosofía y el planteamiento del mal para ubicar a un tipo como este y la imaginación para encontrar salidas.

No es necesario ir siquiera un siglo atrás para encontrarse con Adolf Hitler, otra encarnación del mal como Donald Trump. Y Hitler es un espejo que, reflejando el pasado, puede usarse para mirar este presente. 

El hombre del bigotito asumió el poder en los años treinta en un momento en que había una gran depresión económica, encontró una masa ávida de promesas de mejores tiempos, creó un estado totalitario, enarboló la pureza de la raza aria, se rodeó de mentes criminales, ideó un aparato de propaganda e ideologización que uniformó y desvirtuó las conciencias de sus ciudadanos permitiéndole emprender un genocidio y  lanzar a su propio país a una guerra en la que murieron cerca de cincuenta millones de personas.

El hombre del copete amarillo asume la presidencia de su país en medio de otra depresión económica, lo votan sesenta y dos millones de estadounidenses ávidos de promesas de mejores tiempos, se rodea de hombres de negocios, con el corazón puesto en el mismo capital donde palpita el de él, lanza fuego aquí y allá, sin detenerse a medir consecuencias, y señala enemigos para despertar miedos: los inmigrantes, los musulmanes, el idioma español, México, Irán, Corea del Norte…

Sus ínfulas se parapetan en un lenguaje que apela a los sentimientos antes que a las ideas, sin que le falte su Gobbels: Conway, que creó la falacia de los “hechos alternativos” para hablar de “verdades” que corresponden a sus deseos, y no a la realidad.  Tampoco esto es nuevo, el truco lo descifró en su libro La lengua del Tercer Reinch, Víctor Klemperer, un filólogo judío que sobrevivió al genocidio: “El nazismo se introducía en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente”.

¿No es acaso a lo que aspira Trump con sus Twits y sus declaraciones provocadoras, reiteradas en cuanto medio se abre, se ve, se escucha o se lee?... Que sus ciudadanos se conviertan en cazadores de las “ratas enfermizas” y, armados, disparen en la frontera contra quienes osen pasarla, que tengan tanto miedo que piensen que sólo él puede salvarlos de los “diabólicos” que los amenazan, que los organismos internacionales que mal funcionan pero garantizan un cierto orden desaparezcan, que sucumba el actual sistema imperfecto para que al final él solo pueda gobernar desde su torre, no ya desde la Casa Blanca, un mundo devastado.

Porque la cuestión con Trump no es la economía, ni la geopolítica, que era a lo que se había jugado hasta el momento con los otros gobiernos estadounidenses. No, la cuestión con él es el problema del mal.  El mismo que se vivió con Hitler sin que hasta ahora hayamos podido explicarnos cómo fue que sucedió. Por algo, el escritor Norman Mailer en El guardián del bosque, la biografía novelada de la niñez de este genio del mal, eligió como la voz narradora a un demonio que siguiendo las órdenes de su jefe mayor acompañó e indujo los pasos del pequeño Adolf.

Mientras nos organizamos, mientras le damos forma a cómo y desde dónde vamos a responder a esta embestida del mal que se llama Donald Trump recuerdo otras palabras de Klemperer: “El lenguaje no solo crea y piensa por mí, sino que guía a la vez mis emociones, dirige mi personalidad psíquica, tanto más cuanto mayores son la naturalidad y la inconsciencia con que me entrego a él”.  Son tiempos para ejercitar la lucidez.


martes, 17 de enero de 2017

Érase una vez un mundo…

Hubo una vez, unos años, algunas décadas en las que se impuso el sueño de un mundo en el que se vivía en paz con una casa a la cual llegar, brazos que se extendían para ser recibido, lugares conocidos por los cuales transitar y vecinos, amigos y sociedades donde pasaban cosas terribles, pero no espantosas.

Sucedió después de la segunda guerra mundial y aunque a continuación empezó la guerra fría, está era, para millones y millones, la confrontación entre dos grandes potencias que se llevaba a la pantalla con temas de espías y amenazas nucleares, pero nunca hasta pensar que se podía ser alcanzado por sus consecuencias reales.

Por supuesto que esto sucedía en el cine, porque en el mundo real esta confrontación sí se llevaba vidas entre sus brazos y países sometidos a doctrinas de seguridad del estado, torturas y desapariciones; pero aún así, el mundo parecía seguro.

Los que vivíamos en los países donde se medían las fuerzas estábamos convencidos de que un día el mundo mejoraría y todo eso pasaría. Para eso luchábamos y nos empeñábamos.  Los que vivían en esa parte del mundo que ya había alcanzado el bienestar pensaban que eran invulnerables. Nada podía cambiar lo que habían logrado. Sus gobernantes se empeñaban en guerras y conquistas de mercados, que es como se coloniza ahora, pero eso pasaba en otros lares.

Pero llegó un día, como en los cuentos infantiles, un día en que el sueño se rompió.  Ese día el mundo ya era una aldea global donde lo que sucedía en un lado del hemisferio se conocía inmediatamente, por la magia de los medios, al otro lado. Era mañana para algunos, mediodía para otros y noche en el otro medio mundo cuando el transcurrir cotidiano con todo lo que contiene esta palabra se interrumpió con la imagen de un avión estrellándose contra una gran torre en la ciudad de los rascacielos. 

Los que vimos la primera imagen, emitida casi inmediatamente, y que debimos ser miles contados en millones, pudimos haber tenido el mismo pensamiento: un piloto con problemas en su aeronave, pero, a continuación, cuando vimos al segundo avión estrellarse contra la otra torre, por algo las llamaban gemelas, supimos que algo estaba pasando y que no era bueno.

Han pasado un poco más tres lustros desde ese martes. Cinco mil seiscientos días  en los que el sueño de un lugar seguro en el mundo quedó despedazado, de todas las maneras. 

No se trata solamente de las cientos de muertes provocadas por toda clase de explosiones, en sitios cotidianos y tranquilos, en  países del primer mundo, pero también del segundo y del tercero, (aunque parece que los que duelen y por los que reclaman son únicamente por los muertos del primero) sino la sensación profunda de inseguridad, sembrada en el fanatismo religioso, el renacimientos de las ultraderechas y el populismo, la elección de individuos peligrosos como mandatarios, el retroceso y corrupción de las clases políticas, el detrimento de los derechos sociales y políticos acabados antes de que los disfruten en equidad todos los habitantes del planeta– y el imperio del capital por encima de la dignidad humana y de la supervivencia misma de la tierra. 


Érase una vez un mundo al que llegó una sombra negra para cubrirlo… Y, como en los cuentos, espero que seamos millones los que empeñemos cada día nuestra vida, inteligencia y recursos para que la sombra se disipe y, al hacerlo, permita ver una tierra verde y nueva, renacida de sus cenizas, porque si no pasa así, no habrá quien la vea.  

martes, 15 de noviembre de 2016

Rasgando velos


“El corazón del hombre es perverso, ¿quién podrá comprenderlo?”, con este epígrafe del profeta Jeremías empezó Truman Capote su hasta hace poco tiempo conocida como su primera novela: Otras voces, otros ámbitos. ¿Y quién mejor que un autor estadounidense para comenzar un artículo sobre las elecciones del martes ocho en Estados Unidos que tienen al mundo haciendo cábalas y a los estadounidenses divididos?

Capote no estaba hablando de política cuando escribió su novela.  Su historia es la de un adolescente que, enviado al sur profundo, descubre su identidad homosexual; pero la inescrutabilidad de los deseos humanos y la existencia de ámbitos y de voces que subyacen escondidos, y que siempre es posible traer a la luz, son dos buenos elementos para analizar la coyuntura que enfrenta la que sigue siendo considerada la primera nación del mundo.

Y es que en las elecciones del martes ocho hay dos componentes esenciales al abordar el análisis.  De un lado, el ahora presidente Donald Trump, que durante su campaña encarnó todo lo bajo y rastrero que se lleva dentro y que proclamó, cobijado por la sombra de su multimillonaria fortuna.  “El que tiene plata marranea” dice un adagio popular en Colombia y no hay que extenderse mucho para saber que esto fue lo que hizo Trump: despreció a las mujeres, se regodeó en que había evadido impuestos, alardeó de que podía matar a alguien en plena Quinta Avenida y aún así ser elegido, insultó y amenazó en público a su oponente, exarcerbó la xenofobia contra los musulmanes y los latinos, en especial los mexicanos, y calumnió a Obama, para no continuar la lista que es larga.

El tenor de su ignorancia, sí, ignorante, porque tres mil millones de dólares no la borran, se hizo evidente con negaciones como la del cambio climático, promesas contra instituciones que el país que ahora va a liderar ha abanderado y soluciones de encierro económico en un mundo donde los Estados Unidos han sido los primeros impulsores de los tratados de libre comercio. 

Tanta es su capacidad de insulto y de negación que los analistas y los medios han llegado a presentarlo como el candidato antisistema, en una equivocación rotunda.  Trump no pertenecía a la clase política –ahora sí – pero tiene un lugar predominante en el corazón del sistema, el mismo del que se ha lucrado.  Por eso, tal vez lo único bueno del resultado de estas elecciones es que ha caído la venda de los ojos y ha quedado claro que el sistema económico –con todo su poder financiero– y los gobiernos son lo mismo, desde hace mucho tiempo.  Trump es la cara que hace visible lo que estaba oculto.

Pero, tanto como ocuparse de Trump, es necesario pensar en aquellos que lo han aupado al poder.  Fenómenos de este 2016 como la elección de Trump o la salida del Reino Unido de Europa revelan que algo está fallando.   No es la civilización la que se impone con sus valores de libertad, justicia, respeto, igualdad, inclusión, sino un aspecto regresivo, primitivo, tribal, impulsado, de manera paradójica,  por la globalización de los mercados que se da a la par con lo que podríamos llamar el racionamiento del pan:  La precarización de las condiciones de vida en los países desarrollados –porque en los emergentes y en los pobres ni siquiera se ha llegado a que haya pan para todos–, y la disminución de los derechos.

Síntomas que se agudizan con la exposición constante de la población a la oferta de paraísos artificiales de consumo, la promesa de vidas fáciles situadas al alcance de los ojos en imágenes publicitarias que se derraman a raudales y la creación de necesidades voraces que no se sacian, pero que sí necesitan proteger de aquellos que consideran que les van a rapar sus privilegios. 

Un retroceso en la llamada sociedad de bienestar en la que no hay nada más
mísero que recurrir a lo básico del ser humano, que fue lo que hicieron los políticos del Brexit y también Trump en los Estados Unidos.  Hablarle a aquel cerebro donde está la información del ser más primitivo que se lleva dentro: el de la territorialidad, el salvaje que defiende sus espacios de la agresión de tribus desconocidas porque no ha podido reconocer al otro como a su igual, y tampoco ir lo suficientemente lejos para saber que más allá de sus límites existen otros mundos, que pueden ser tan ricos y generosos como el suyo propio. Y nada más primitivo y límbico que darse golpes en el pecho para celebrar la muerte del contrario, la preservación del espacio propio y las audacias del jefe de la tribu. Una ceguera entendible en los inicios de la humanidad, pero no en el ahora de esta aldea que llamamos tierra.

Salva de este corazón oscuro, saber que al mismo tiempo existen aquellos –que también se cuentan por millones– que están convencidos de que esta civilización sí tiene una oportunidad sobre la tierra y se empeñan a diario en usar su pensamiento, el arma más poderosa que tenemos los humanos, para construir soluciones a las desigualdades de todo género, encontrar formas racionales de explotar la tierra y sus recursos en beneficio de la humanidad –y no de unos pocos– instaurar la justicia y soñar en un mundo en el que impere la equidad.

Son otras voces que nos hablan de otros ámbitos. Ojalá se impongan aquellos en los que florece la bondad del corazón humano, aunque no lo haya escrito el profeta Jeremías.

lunes, 24 de octubre de 2016

No me digas que esto es diferente


Es una mañana de otoño.  El tiempo es gris y los partes metereológicos anuncian lluvia todo el día.  En la radio hablan de Calois, donde está el campamento de refugiados más grande de Europa.  “La jungla” lo llaman.  Antes del amanecer, el gobierno francés inició la evacuación de casi siete mil personas que se instalaron allí a la espera de una oportunidad para llegar al Reino Unido.  El paraíso prometido que está a cuarenta kilómetros, al frente, pasando el Canal de la Mancha. Los llevan a algo más de cuatrocientos refugios dispersos a lo largo y ancho del país. 

La escena se desenvuelve ante la prensa del mundo y es custodiada por cientos de agentes de policía. Gendarmes, los llaman en Francia.  Temen disturbios y por eso han previsto un agente por cada cinco inmigrantes. No menos de setecientos periodistas con sus cámaras, micrófonos, grabadoras y libretas, están presentes para registrar la salida de los autobuses, en los que van hombres, mujeres y niños. Algunos serán familia entre sí. Otros, sólo hermanados por esa hermandad que produce la desgracia compartida.

Calois se queda en Calois y la radio continúa disparando titulares.  Se traslada a Turquía.  La noticia parece un refrito de otra que ya había visto circulando por los medios, hace varios meses.  Refrito pero real.  Ahora es la BBC la que protagoniza.  Esta noche emitirá un documental en el que podrá verse cómo las maquilas de las grandes compañías multinacionales de la moda producen en Turquía pantalones, zapatos, vestidos, camisetas, elaboradas con mano de obra casi esclava (doce horas de trabajo al día, sin protección, cerca de elementos químicos peligrosos, con salarios inferiores a una Libra la hora): la de los refugiados, y sus hijos, muchos niños, y muchos sirios, huidos de la guerra inmisericorde que destroza su país.

Se lo escuché hace muchos años a José Saramago, quizá hasta lo leí.  Si Europa no va a África, África vendrá a ella.  Y es lo que está pasando.  Sirios, afganos, subsaharianos, sudaneses, yemenitas, iraquíes, y de no sé cuántas nacionalidades más, buscan llegar a las puertas que Europa se empeña en cerrar a cal y canto. Lo intentan por al menos tres rutas, bien conocidas por las mafias que venden la oportunidad de llegar al sueño dorado: 

La de los Balcanes que la Unión Europea cree haber conjurado este año con el acuerdo suscrito con Erdogan, el presidente-dictador, mediante el cual Europa devuelve a Turquía a todos los inmigrantes que lleguen por esa ruta al tiempo que cierra los ojos a las flagrantes violaciones a la democracia que acomete a diario Erdogan.  La central del Mediterráneo, que une a Libia con Italia, aquella que ha sembrado el mar de cadáveres, los de los náufragos, y que este año contabiliza a la fecha 3654 muertos según la Organización Internacional para las Migraciones. Y la que pasa por Marruecos para llegar a España a través de Ceuta y Melilla. “Doce kilómetros de alambres, cuchillas y mallas para contener el sueño europeo” como lo tituló el Diario.es.

El día continúa lluvioso, tal y como se anunciaba y yo releo a Mary Berg, una mujer, judía y polaca, que sobrevivió al gueto de Varsovia y que escribió un diario durante cuatro años, entre 1939 y 1944. Un día a día que nos pone en contacto con las miserias humanas, de todos los lados, aún las de las víctimas, y también los pequeños heroísmos que nos hacen grandes.

La releo porque recuerdo el postfacio que escribió el editor para contar qué había sido de ella.  En 1995, a sus setenta y un años, luego de una vida de silencio, un editor se puso en contacto con Mary para proponerle una reedición de su diario.  Cito textual lo que cuenta: “Berg respondió con amargura: “En lugar de continuar exprimiendo el holocausto judío debe reducírselo a sus límites”(…) “No hacer diferencia con todos los holocaustos que están teniendo lugar ahora en Bosnia o ChecheniaNo me digas que esto es diferente”.

No, no digamos que esto es diferente: la guerra Siria, las hambrunas en África, el presidente filipino que incita a matar a sus ciudadanos drogadictos, las fronteras cerradas de Europa, los campos que ahora son de refugiados y las cárceles que se llaman centros de internamiento de refugiados, para no hacer una listado interminable.

Asoma un tímido sol de tarde de lluvia, la vida continúa su ritmo desenfrenado, en Calois se agolpan, lloran, se despiden; en Siria se terminó el alto al fuego; en Barcelona continúan en huelga de hambre los inmigrantes de un centro de internamiento; en Madrid esperan que los visite un funcionario; en Melilla se preparan para saltar la valla.   Entretanto, muchos de miles se arrellanan en sus sillones para ver televisión y fijarse en especial en : “Los triángulos amorosos que nos hicieron sufrir en la tele”, como titulaba hoy una noticia en yahoo.

martes, 18 de octubre de 2016

Civilización en tránsito


Cuando respondo a quiénes me preguntan qué hago, lo expreso en verbos:  pensar, amar, leer, escribir, caminar, cocinar, viajar, conversar.  Son apenas ocho y me resumen.  Esta mañana me detuve en el pensar.  ¿Qué es lo que hay que pensar? ¿Qué es lo que pienso? ¿Qué debería ser lo que pensáramos? Me planteé las preguntas porque es invariable que al detenerme en la vorágine del mundo que estamos viviendo, no importa dónde, me digo siempre: Tenemos que pensar, es necesario generar pensamiento, necesitamos más seres pensando, me alegro que tal o cual persona sea una pensadora.

Hablo de un pensamiento que se remonte más allá de los temas que inducen los grandes medios de comunicación –cuya propiedad se concentra cada vez más–; que no sólo imponen la llamada agenda informativa sino también qué pensar, qué desear, cómo ser.  Medios que, como una gran orquesta, resuenan veinticuatro horas cada día, en todos los idiomas y en todas las geografías; encantadores de serpientes que adormecen a su audiencia y dejan su consciencia hipnotizada.

Una orquesta que, de manera paradójica, necesitamos porque la información es parte esencial de la vida humana, pero  en la que tan importante como recibirla es saber valorarla, priorizarla y decantarla para quedarse sólo con la suficiente y necesaria que permita entrar en el silencio y pensar; una tarea que debe ser de todos, que no sólo corresponde a aquellos que llevan la etiqueta de intelectuales y pensadores, de sabios y creadores.   Tan humana, tan propia, tan individual, como que el pensamiento es el que nos separa de nuestros primos cercanos los primates.  Entonces ¿por qué no pensar si nos es tan propio?

Pensar , por ejemplo, lo que se está evidenciando desde distintos ámbitos: que ésta civilización tal y como va tiene poco tiempo, que estamos agotando el planeta y sus recursos, que si la población actual, de siete mil millones de personas, consumiera lo que consume un ciudadano medio de un país desarrollado necesitaríamos cuatro planetas para mantenerla. *

Pensar que estamos habitando un planeta que se hizo global porque en cuestión de segundos podemos conocer lo que sucede en las antípodas y eso cambia la manera de percibirnos, pero también porque en él se impone una agenda económica que ha ido creando y perfecciona mientras escribo el  imperio de los mercados por encima de las personas, aunque una tercera parte de la población mundial viva bajo índices de pobreza y el cambio climático este siendo inatajable.  Imperio ciego y sin futuro que sacrifica en sus altares las vidas de los nuevos esclavos –los de la economía– y ofrenda la supervivencia misma del planeta.

Pensar para encontrar nuevos rumbos, alternativas a este sistema que naufraga y hunde con él a la actual civilización. Pensar dedicándole todo el tiempo, pero con urgencia, antes de que el planeta –al que aún le quedan millones de años antes de su extinción– decida sacudirse y quitarse de encima la plaga que lo azota.

* En la últimas cuatro décadas la población mundial se duplicó.  Citando a la BBC, el educador Ken Robinson dice que los recursos actuales, consumiendo al ritmo de un ciudadano medio de la India, alcanzarían sólo para quince mil millones de personas, es decir son limitados.  Wade Davis, etnógrafo canadiense, dice que si el total de la  población mundial tuviera acceso a lo que se consume sólo en occidente al 2100 se necesitarían cuatro planetas iguales para abastecer a la tierra.