martes, 27 de junio de 2017

Enterrar a los muertos

Joaquina* morirá en el dolor de no haber enterrado a su hijo desaparecido.  La imagen me llega en un momento de una entrevista. Y entonces me devuelvo a lo que he leído: Cuando el homínido empieza reconocerse, descubre la muerte.  El que está a su lado deja de ser carne comestible.  Algo pasa cuando el cuerpo se queda quieto para siempre, y eso aterra e interroga.  Surgen, entonces, los enterramientos como un primer indicio de la consciencia humana ante ese fenómeno que le hace descubrir, en el muerto, un otro.

Los homínidos entierran a sus muertos.

Pero Joaquina, y miles como ella, en Colombia, no han podido enterrar a los suyos, porque sus muertos, sesenta mil seiscientos treinta personas, están desaparecidos.  Sus cuerpos nunca fueron encontrados.  Y al dolor de la ausencia, se añade el dolor de no saber dónde quedaron, dónde están sus restos, porque vivos ya no los van a encontrar.

Leo un testimonio, uno entre decenas, recogidos por la periodista Claudia Palacios en su libro Perdonar lo imperdonable.  El que habla reconoce no cientos sino miles de víctimas, unas cuatro mil, y también que muchas de esas víctimas nunca van a ser encontradas porque los cremaron o los hicieron pedazos y se deshicieron de ellos en los ríos.

El contexto es aterrador.  Son las autoridades las que les sugieren que hagan algo porque los regueros (la palabra es mía) de cadáveres atraen la atención, los medios publican, y no les quedará alternativa distinta a investigar, y tendrían que llegar a capturarlos. 

“Los amigos del DAS y la Sijín nos dijeron que no dejáramos a la gente por ahí botada sino que la despedazáramos y la desapareciéramos porque sino ellos iban a tener que investigar y dar con los responsables, o sea, con nosotros” confiesa a la periodista.

La solución, a este grupo en específico, les llega cuando ven los hornos de una ladrillera.  Empiezan entonces las cremaciones.  Aquellos a quienes asesinaron nunca podrán ser encontrados, nunca visitados en sus tumbas, nunca reconocidos en su desaparición porque, también es sugerencia de las  autoridades, pueden decir que se fueron a Venezuela.

Todo es perverso, desvirtuado, inhumano. 

Porque Colombia está convertido en un país enconado, con dos únicos mandamientos: “¡Matarás! “, y “Todo se hará en beneficio de los pregoneros de la muerte”.

Así es como nos sueñan los sacerdotes del odio.

*Sandoval Ordóñez Marbel (2017) Joaquina Centeno. Medellín: Sílaba Editores.



martes, 18 de abril de 2017

Charco fratricida

Una amiga me escribe una nota porque leyó mi novela Joaquina Centeno. Me dice que lloró con ella, igual que con la anterior, y me pregunta cuándo voy a escribir novelas que no sean tristes y también que cuándo voy a escribir novelas donde cuente las tropelías de las Farc. Por supuesto, estamos hablando de Colombia.

Me cuenta que a un socio de su hermano lo siguen extorsionando los mismos tipos a los que les paga desde hace once años, y que ella misma, hace unos días, estuvo tratando de frenar un paro contra una petrolera auspiciado por un movimiento social pero que sus dirigentes resultaron ser guerrilleros que bloquean las operaciones para extorsionar.  Me dice que la información se la suministraron los presidentes de las Junta de Acción Comunal que compiten con ellos, los instigadores, “para lograr alguna dádiva del petróleo”.

Entiendo que detrás de las palabras de mi amiga hay un mensaje: existe una guerrilla a la que no se puede perdonar. Y yo pienso que ojalá todo fuera tan simple, de simplísimo, con unos buenos y otros malos.  Todo en términos de claro y oscuro. Nada de matices.  Pero no es así.

Sé que a cientos de niños se los llevó la guerrilla de manera forzada, cientos más se fueron engañados y otros cientos ilusionados porque no había –y no existe aún– un Estado que les garantizara una vida en la que tuvieran acceso a lo elemental: salud, educación, alimentación, vivienda digna.

Sé que en él Urabá de los noventa para muchos de los jóvenes que terminaban el bachillerato su mejor opción laboral era integrar los cuerpos paramilitares que les ofrecían un salario por encima del mínimo.

No he cerrado los ojos ante un país donde la guerra, irregular, pero guerra, se ha vivido también como una oportunidad laboral –y esto incluye a los soldados profesionales–; al mismo tiempo en que muchos hicieron de la delincuencia un submundo del que no quieren salir.

Tampoco ignoro que toda esta amalgama se aderezó con el narcotráfico que hizo del dinero fácil una cultura que atraviesa nuestra sociedad en todos sus estratos.  Corrompió la sal.

Surgieron y se alimentaron de esta cultura los que siguen extorsionando y se llaman a sí mismos guerrilleros, autodefensas, representantes de los pueblos allí donde el Estado nunca ha estado y tiene poco interés en estar. Territorios vedados que –sin sorpresa de nadie – existen no solo en regiones alejadas sino en el corazón mismo de las ciudades. Son los que le piden dinero al socio de su hermano, los que quieren frenar una obra, los que delinquen, chantajean y matan, y para mejor hacerlo se atribuyen nombres y propósitos que ellos llaman nobles.

Pero ahí no termina todo. No es tan fácil,  no es tan simple. Es
mucho más complejo en un país donde los gobernantes han usufructuado el poder a su favor y se han olvidado de quiénes los llevaron allí, y para qué.
Un país donde la guerra hace parte de intereses que enriquecen y aprovechan unos pocos, mientras los muertos los ponen los demás.  

Aderezados con el narcotráfico, narcotizados con la cultura del dinero fácil, atizados con el fanatismo de los instigadores del odio, enlodados en la corrupción que impide dar pasos de animal grande para salir de la endemia que arrastramos, nos resulta más fácil, eso sí resulta fácil, cultivar resentimientos que encontrar salidas.


Atados a la barbarie, esa que unos pocos –pero que disponen de altavoces– quieren prolongar, parecemos imposibilitados de reconocernos en lo que somos y, reconociéndonos, decidir de una vez, y ojalá para siempre, que queremos construir una sociedad nueva y lúcida, con mucha memoria que nos sirva de espejo para no seguir en el eterno charco fratricida en el que se ha convertido Colombia.

jueves, 9 de marzo de 2017

Violencias repetidas ¿saldremos de ellas?

Ayer fui a escuchar a Humberto de la Calle Lombana.  Era una invitación del consulado de Colombia en Madrid y el tema “Los desafíos y retos de la implementación de los acuerdos de La Habana”.  Quería escucharlo, pero también preguntar. Levanté varias veces la mano y me regresé con la pregunta y una respuesta a medias, entretejida de las distintas que dio a otros que sí tuvieron la oportunidad de hacerla.

Quería saber qué es lo que está haciendo de verdad el Estado colombiano, para que no se repita la historia circular de barbarie que desde hace tantas décadas nos asola. Tantas, y tan reconocidas, que el mismo De la Calle se remontó hasta la guerra de los mil días, esa que tuvimos entre los finales del diecinueve y principios del veinte, ¡y ya estamos en el veintiuno!

Mi pregunta iba ilustrada con hechos.  A mediados de la semana pasada me acosté una noche y tenía anotados 23 asesinatos de líderes campesinos, indígenas, afroamericanos, hombres y mujeres, pertenecientes a movimientos sociales.  Cuando me levanté al día siguiente ya no eran 23, eran 24. Me enteré por un tuit de Luis Almagro, secretario general de la OEA, que pedía protección para los dirigentes.

Antes de salir hacia la charla revisé prensa y comunicados. El Espectador hablaba de cuatrocientos desplazados en el Chocó en los últimos tres días y dos incursiones paramilitares, en una información actualizada pocos minutos antes. 

Imprimí dos comunicados.  Uno fechado el 22 de febrero y originado en comunidades afro e indígenas del Bajo San Juan.  Denunciaban, además del abandono de siempre, enfrentamientos entre la Armada y grupos ilegales que se repite siempre la historia en todos nuestros ríos los dejan a ellos desabastecidos de alimentos, y de agua porque las quebradas están tomadas por los grupos ilegales. Pero no solo eso. También sufren hostigamientos por parte de las fuerzas de orden público.  Lo de siempre, los pobres son culpables de felonías, ahora que no les pueden decir guerrilleros porque las Farc están en el proceso de paz.  El otro comunicado hablaba de amenazas y extorsiones a la comunidad de la Isla de los Rosarios, (¿sabía  usted que existía?) en Murindó, Antioquia, a orillas del Atrato.

Quería preguntar qué estaba haciendo el Estado colombiano, con todas sus instituciones, para garantizar que haya No repetición, porque lo que estoy viendo, desde aquí, es que se está repitiendo la historia de muerte.  De lo que De la Calle contestó, a otros, concluyo que hay un esfuerzo importante en todo lo que tiene que ver con regularizar, normalizar es el término que usan, a la guerrilla desmovilizada, pero que se nos sigue quedando media Colombia, la más desamparada, por fuera.

A quienes la prensa llama paramilitares, De la Calle llamó bandas criminales, grupos delincuenciales que están detrás de la minería ilegal y del narcotráfico, para ocupar los espacios vacíos que quedan con la desmovilización de las Farc.  Hacer la distinción me parece bien y necesario.  Paramilitar es, como su nombre lo dice, el que tiene detrás el apoyo y patrocinio de la institución militar, como sucedió en el Magdalena Medio en los ochenta. Ojalá que sea cierto y  esto ya no esté sucediendo.  Sería un avance.  Pero los asesinatos, las violaciones, los desplazamientos forzados, la apropiación de tierras y recursos, sí sigue pasando, cebados en los pobres que son los que nunca tienen protección. Y en Colombia los pobres son mayoría, porque somos uno de los países más inequitativos de América Latina. De la Calle no sólo dijo que, en este aspecto, somos comparables con Haití sino que se refirió a un estudio que revela que los niños colombianos que nacen pobres, hijos de personas en las mismas condiciones y sin educación, están condenados desde su misma cuna a repetir el ciclo inalterable de la pobreza.

Como condenados parecemos a no perdonar y a pensar sólo en nuestro ombligo.  Escuché preguntas hechas con pasión, pero también con resentimiento y con odio.  Ignorando que los acuerdos contemplan la reparación y también la aplicación de una justicia especial para la paz hubo quién interrogó cómo es posible que a los pícaros se los recompense; y también quien hizo saber un ciudadano del asfalto, sin duda– que no entendía cómo es que hay tanta preocupación por reinsertar una guerrilla mientras en las ciudades se muere a manos de la delincuencia común.  Pensé en un habitante de una ciudad costanera, al que le preguntaron si no temía la subida de los niveles que están teniendo los mares con el cambio climático.  Dijo que no, porque él vivía en un quinto piso.  ¿Quién le puede hacer entender al ciudadano del asfalto preocupado, con razón, por la inseguridad en las ciudades, que hacer la paz en los campos y generar condiciones de equidad para todos hace parte del remedio de fondo para esta enfermedad?

Tengo que decir que también preguntaron los que ven con esperanza este principio del fin, porque sólo es un principio.  Los que quieren retornar a nuestro país no ya “para pescar en los ríos por la noche”, como dijo De la Calle, citando a Dario Echandía, sino para vivir y morir en la que es su tierra porque el proceso y en eso el jefe del equipo negociador del gobierno fue realista será largo, y quizá sus logros sólo los disfruten los nietos de las actuales generaciones.

Pero para que eso suceda es necesario no persistir en la ceguera, y ver, y reconocer lo que está pasando, para actuar sobre esa realidad;  y tampoco caer en el paradigma de que la paz es solo y únicamente el desarme y reinserción de la insurgencia. 


Habrá paz real en Colombia el día en que generemos condiciones de desarrollo en todas las regiones y para todas las personas; el día en que el Estado haga presencia real con escuelas, salubridad, infraestructura, vías de comunicación, igualdad de oportunidades y  autoridad, en todo el campo colombiano; el día en que la justicia no sea solo para los de ruana; el día en que la equidad sea, además de un concepto, una realidad vívida; y el día en que todos estemos dispuestos a desarmar los corazones, porque si sigue proliferando el odio jamás tendremos paz.

viernes, 27 de enero de 2017

Siete días de maldad

¿Es descifrable el mal? … Donald Trump cumple hoy una semana en la presidencia de los Estados Unidos, siete días en los que se ha portado como un pirómano al que le dan un galón de gasolina y se divierte regándola donde más fuego pueda producir.

Suelta que Japón debería aumentar su potencia atómica para defenderse de Corea del Norte, aprueba la construcción de un muro en la frontera con México, llama al primer ministro Israelí para advertirle sobre el peligro de Irán y su supuesto antisemitismo, reafirma que trasladará la embajada de Estados Unidos a Jerusalem y defiende la tortura.

Su lenguaje no es menos incendiario que sus hechos.  Afirma que luchan contra “ratas enfermizas”, que las intenciones de algunos de sus visitantes son “diabólicas” y apela al “pueblo” y al “patriotismo” para salvarse del “desastre”.

Ciento sesenta y ocho horas suficientes para que el boletín de científicos atómicos publique que, con la llegada de este hombre al poder, el reloj del fin del mundo se adelantó treinta segundos, de manera que sólo estamos a dos minutos y medio de una explosión que acabe con la raza humana.

Intento descifrar lo que está pasando.  Leo análisis de hechos puntuales y en general observo una gran confusión.  Más allá de lo inmediato no encuentro planteamientos de escenarios futuros.  Nos queda entonces la historia para saber a qué podemos atenernos, la filosofía y el planteamiento del mal para ubicar a un tipo como este y la imaginación para encontrar salidas.

No es necesario ir siquiera un siglo atrás para encontrarse con Adolf Hitler, otra encarnación del mal como Donald Trump. Y Hitler es un espejo que, reflejando el pasado, puede usarse para mirar este presente. 

El hombre del bigotito asumió el poder en los años treinta en un momento en que había una gran depresión económica, encontró una masa ávida de promesas de mejores tiempos, creó un estado totalitario, enarboló la pureza de la raza aria, se rodeó de mentes criminales, ideó un aparato de propaganda e ideologización que uniformó y desvirtuó las conciencias de sus ciudadanos permitiéndole emprender un genocidio y  lanzar a su propio país a una guerra en la que murieron cerca de cincuenta millones de personas.

El hombre del copete amarillo asume la presidencia de su país en medio de otra depresión económica, lo votan sesenta y dos millones de estadounidenses ávidos de promesas de mejores tiempos, se rodea de hombres de negocios, con el corazón puesto en el mismo capital donde palpita el de él, lanza fuego aquí y allá, sin detenerse a medir consecuencias, y señala enemigos para despertar miedos: los inmigrantes, los musulmanes, el idioma español, México, Irán, Corea del Norte…

Sus ínfulas se parapetan en un lenguaje que apela a los sentimientos antes que a las ideas, sin que le falte su Gobbels: Conway, que creó la falacia de los “hechos alternativos” para hablar de “verdades” que corresponden a sus deseos, y no a la realidad.  Tampoco esto es nuevo, el truco lo descifró en su libro La lengua del Tercer Reinch, Víctor Klemperer, un filólogo judío que sobrevivió al genocidio: “El nazismo se introducía en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente”.

¿No es acaso a lo que aspira Trump con sus Twits y sus declaraciones provocadoras, reiteradas en cuanto medio se abre, se ve, se escucha o se lee?... Que sus ciudadanos se conviertan en cazadores de las “ratas enfermizas” y, armados, disparen en la frontera contra quienes osen pasarla, que tengan tanto miedo que piensen que sólo él puede salvarlos de los “diabólicos” que los amenazan, que los organismos internacionales que mal funcionan pero garantizan un cierto orden desaparezcan, que sucumba el actual sistema imperfecto para que al final él solo pueda gobernar desde su torre, no ya desde la Casa Blanca, un mundo devastado.

Porque la cuestión con Trump no es la economía, ni la geopolítica, que era a lo que se había jugado hasta el momento con los otros gobiernos estadounidenses. No, la cuestión con él es el problema del mal.  El mismo que se vivió con Hitler sin que hasta ahora hayamos podido explicarnos cómo fue que sucedió. Por algo, el escritor Norman Mailer en El guardián del bosque, la biografía novelada de la niñez de este genio del mal, eligió como la voz narradora a un demonio que siguiendo las órdenes de su jefe mayor acompañó e indujo los pasos del pequeño Adolf.

Mientras nos organizamos, mientras le damos forma a cómo y desde dónde vamos a responder a esta embestida del mal que se llama Donald Trump recuerdo otras palabras de Klemperer: “El lenguaje no solo crea y piensa por mí, sino que guía a la vez mis emociones, dirige mi personalidad psíquica, tanto más cuanto mayores son la naturalidad y la inconsciencia con que me entrego a él”.  Son tiempos para ejercitar la lucidez.


martes, 17 de enero de 2017

Érase una vez un mundo…

Hubo una vez, unos años, algunas décadas en las que se impuso el sueño de un mundo en el que se vivía en paz con una casa a la cual llegar, brazos que se extendían para ser recibido, lugares conocidos por los cuales transitar y vecinos, amigos y sociedades donde pasaban cosas terribles, pero no espantosas.

Sucedió después de la segunda guerra mundial y aunque a continuación empezó la guerra fría, está era, para millones y millones, la confrontación entre dos grandes potencias que se llevaba a la pantalla con temas de espías y amenazas nucleares, pero nunca hasta pensar que se podía ser alcanzado por sus consecuencias reales.

Por supuesto que esto sucedía en el cine, porque en el mundo real esta confrontación sí se llevaba vidas entre sus brazos y países sometidos a doctrinas de seguridad del estado, torturas y desapariciones; pero aún así, el mundo parecía seguro.

Los que vivíamos en los países donde se medían las fuerzas estábamos convencidos de que un día el mundo mejoraría y todo eso pasaría. Para eso luchábamos y nos empeñábamos.  Los que vivían en esa parte del mundo que ya había alcanzado el bienestar pensaban que eran invulnerables. Nada podía cambiar lo que habían logrado. Sus gobernantes se empeñaban en guerras y conquistas de mercados, que es como se coloniza ahora, pero eso pasaba en otros lares.

Pero llegó un día, como en los cuentos infantiles, un día en que el sueño se rompió.  Ese día el mundo ya era una aldea global donde lo que sucedía en un lado del hemisferio se conocía inmediatamente, por la magia de los medios, al otro lado. Era mañana para algunos, mediodía para otros y noche en el otro medio mundo cuando el transcurrir cotidiano con todo lo que contiene esta palabra se interrumpió con la imagen de un avión estrellándose contra una gran torre en la ciudad de los rascacielos. 

Los que vimos la primera imagen, emitida casi inmediatamente, y que debimos ser miles contados en millones, pudimos haber tenido el mismo pensamiento: un piloto con problemas en su aeronave, pero, a continuación, cuando vimos al segundo avión estrellarse contra la otra torre, por algo las llamaban gemelas, supimos que algo estaba pasando y que no era bueno.

Han pasado un poco más tres lustros desde ese martes. Cinco mil seiscientos días  en los que el sueño de un lugar seguro en el mundo quedó despedazado, de todas las maneras. 

No se trata solamente de las cientos de muertes provocadas por toda clase de explosiones, en sitios cotidianos y tranquilos, en  países del primer mundo, pero también del segundo y del tercero, (aunque parece que los que duelen y por los que reclaman son únicamente por los muertos del primero) sino la sensación profunda de inseguridad, sembrada en el fanatismo religioso, el renacimientos de las ultraderechas y el populismo, la elección de individuos peligrosos como mandatarios, el retroceso y corrupción de las clases políticas, el detrimento de los derechos sociales y políticos acabados antes de que los disfruten en equidad todos los habitantes del planeta– y el imperio del capital por encima de la dignidad humana y de la supervivencia misma de la tierra. 


Érase una vez un mundo al que llegó una sombra negra para cubrirlo… Y, como en los cuentos, espero que seamos millones los que empeñemos cada día nuestra vida, inteligencia y recursos para que la sombra se disipe y, al hacerlo, permita ver una tierra verde y nueva, renacida de sus cenizas, porque si no pasa así, no habrá quien la vea.